
Te escribo desde un rincón oscuro, lejos de la luz; te escribo desde un claustro, lejos de la sociedad; te escribo desde una prisión, lejos de la libertad; te escribo desde mi sufrimiento interior, lejos de vos. Las palabras que aquí se enfatizan no son más que reminiscencias de gritos que aun siguen haciendo eco en las húmedas paredes. Lejos esta aquel espejismo llamado civilización, del cual aun me alimento como un alma en pena dispuesto a abordar el cuerpo de inocentes para seguir deambulando por el mundo que no le corresponde. Pero no son cadenas las que me atan a este calabozo, ni esposas, ni mucho menos barrotes, son esas pequeñas almas dentro de mí que a modo de condena no me dejan marcharme de este oscuro rincón al cual he sido llevado consiente y con mi aprobación. Pero no os asustéis que mi letra, pese a tener sangre en su tinta, no está condenada para siempre a la muerte ciega de luz, sino que, a modo de destello de estrella fugaz, tiene una pequeña rendija, por donde el fresco aire del exterior entra a acompañarme todos los días, también por ella entra la tan preciada luz, que aunque le resulte indiferente, sin importancia o aburrido, me alimenta la mayoría de días con su nutrida ráfaga de destellos, que aunque resulten perdidos, me permiten seguir viviendo. Igual debo de admitir que sin el aire yo no podría vivir, pero sin la luz yo si lo podría hacer, aunque esto signifique una horrible vida vacía y fotofobica a la fuerza.
La única voz que me reconforta es la del viento que de lejanos parajes me trae para no olvidar jamás que en un tiempo yo también forme parte de ese afuera lleno de felicidad y alegría. En esos momentos es cuando una sonrisa y un calor llenan mi rincón.
Pero la tormenta que cada tanto, aleatoriamente visita mi prisión, revoluciona con sus flashes de luz repentina a mis almas que al unisonó y en conjunto disfrutan y se aterrorizan de los estruendos y de la fría agua que moja sus pesadas cadenas, derruyéndolas y corroyéndolas a tal punto de romperlas y liberando de este modo la libertad que tanto anhelan y que yo no les permito alcanzar. La tormenta que tanto golpea la pared, lastima, que tiene un nombre raCional.
Parece, que el lugar desde el cual te estoy escribiendo, está por debajo, o muy cerca de las vías de un tren, porque cada determinado tiempo, que aun no he logrado descifrar, pasa, haciendo temblar toda mi cueva, a tal punto de que pareciera de que ciertos trenes la pueden destruir por completo, pero eso no ha sucedido aun. He podido darme cuenta que hay diferentes tipos de trenes, algunos llevan personas en su interior, a modo de pasajeros, otros llevan cargas que pesan mucho, provocando rajaduras en mi claustro, a veces solo pasan locomotoras que con su canto tan característico me engañan haciéndome creer que llevan infinitos vagones, cuando solo recorren su camino solitariamente. Pero, muy rara vez, hay un tren, que desde la pequeña rendija, que a modo de ojos me permite ver lo que en el exterior sucede, no puedo apartar la vista de tan bello tren, con su fachada de plata refleja toda la belleza del mundo al cual no tengo permitido tocar. Este tren, generalmente, solo pasa de noche, y lo que me avisa de su paso es la luz con la que va iluminando su porvenir y que va segregando, a modo de centellas, por todo mi rincón, llenando de luz todos los rincones que en mi celda puedan existir. Lástima que luego de su paso, solo el vacio es mi acompañante.
En la noche, mi única opción de disfrute es ver las estrellas, que en total contraste con mi oscura condena, compartimos la oscuridad de un ambiente. Esos puntos de luz de ilimitada oferta me custodian mientras me duermo, pero en los últimos tiempos, una estrella, que brilla más que las demás me ha estado regalando un insomnio que no me permite dormir, pero si soñar. Siempre me acompañan a dormir esas luces borrosas del cielo.
No he escrito mucho, pero sin embargo podría seguir durante horas, ya que solo el vacio silente me acompaña en este claustro lejos de la luz, de tú luz… las palabras, a manera de cascadas fluyen inundándome de las tan necesitadas palabras que no surgieron en el momento de defenderme y en que solo acepte la condena.
Puede que esto no se entienda, sea ignorado, sea por demás aborrecido, o no sea nada. No importa, porque esta carta la escribo para todo aquel que le interese saber cómo es vivir en una celda condenado, por propia voluntad, a descansar en la penumbra marginal. Igual, en los ojos que se reflejen estas letras, si estuvieran los tuyos, ya sabría que valió la pena escribir una poesía con sabor a narración.
PD: No estoy atado a mi condena, en cualquier momento puedo salir, vivir a la luz del día, mientras respiro el aire fresco y siento el viento corretear a mi alrededor, puedo sentir la lluvia e iluminarme con la luz de los relámpagos tormentosos, puedo ir y abordar ese tren tan refinado, puedo quedarme dormido mientras disfruto las estrellas junto a ti.
jueves, 10 de julio de 2008
Claustro - Carta
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