
Unas hojas caían en ese otoño imprevisto, el mar golpeaba taciturno las costas de esa mañana nublada, a la lejanía el oscuro cielo premeditaba una tormenta. No había gente, no había ruido, más que el inapreciable rugir del viento que surcaba por los arboles, pinos y palmeras del lugar. No había nadie. Ningún animal exclamaba algo. El silencio había tomado el poder de aquella mañana de otoño. Nadie más que ella apreciaba las mefistofélicas aguas agitadas por el viento.
us pasos no se oían, sus murmullos se perdían en la brisa matutina, unas lágrimas se confundían con las pequeñas gotas de lluvia que imperceptibles caían en forma de llovizna. Nadie la veía, nadie la entendía, nadie la ayudaría.
u largo vestido opaco de tanto dolor, no parecía discrepar con el destino que ella se quería crear. Sus cabellos, ellos sí pedían ayuda por eso mismo, a manera de huelga revoloteaban y la no dejaban ver el mar.
us pies tocaron la arena helada, dio un último suspiro, como si intentando con este hacer que alguien la escuche, que alguien la entienda, que alguien la ayude, era un grito de los más fuertes, su ultimo pedido de ayuda.
l mar la esperaba con una mueca diabólica, esté intentaba no hacerla dudar en su decisión, la tentación tenía que cumplirse.
us pies pálidos tocaron el agua, el mar no había esperado, ya había lanzado sus garras. Camino la joven por ese sendero mas enmarañado que la peor de las selvas. Diría mientras veía la ciudad vacilante, un último adiós con una sonrisa infantil, se despedía.
Nadie la vio, nadie se entero, nadie lo sintió, nadie sufrió, todo siguió igual.
martes, 29 de abril de 2008
Nadie
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