“Adiós, adiós mundo” decía ella. Era una frase que antes habían significado lágrimas, pero hoy no. Estaba segura de lo que hacía, segura de lo que decía, Mientras entraba al edificio, que según ella la vería deambular en el aire hasta caer y morir. Se dirigió al ascensor, pero no subió al mismo, pues pensó que lo mejor sería subir por las escaleras.
Subió mientras veía por las ventanas la ciudad, una hermosa ciudad, que por mucho tiempo fue su sueño, su pequeño anhelo, pero que cuando al fin pudo mudarse paso a ser su gran pesadilla. Le era difícil pensar que una ciudad tan bella por fuera, sea tan solitaria por dentro. Los días en el último año solo eran suplicas a un desconocido, en la cuales pedía compañía, se sentía muy sola, nadie hablaba con ella, su trabajo era un mecánico sistema de rutinas en las cuales las relaciones no existían. Siempre fue así, siempre apartada de la realidad, mientras soñaba su ilusión y tejía el dolor. Soñaba con su príncipe azul…
Llego hasta la azotea, el viento rumiante golpeaba y abatía su ropa y su cabello. Se esforzó por no pensar en no hacerlo, pero no pudo. Cayó en una crisis mental, las lágrimas y los llantos se mezclaban, a modo de popurrí con los recuerdos más preciados, que no eran más que un producto de su imaginación, pero era lo que la mantenía viva. El tiempo pasó y se tranquilizo, pensó en lo malo, en todo lo abominable, en conclusión pensó en su vida.
Se pudo levantar, tomó aire y se dirigió, hacia la orilla, miro hacia abajo y una sonrisa se le dibujo en la cara. “sí, este será el final, no tengo nada que perder” se dijo. El viento paro de repente, como a la espera de lo que sucederá. Primero levanto una pierna, y luego la otra, se abrió de brazos, y en ese instante el viento volvió a la cabalgata, fuerte y frio hicieron girar su cabeza, y para su sorpresa no era la única, no muy lejos de allí había otra mujer, con la vista perdida en el horizonte, quizá en el mar.
No le importo que haya otra persona, ella estaba decidirá, lo iba a hacer. Pero no pudo, no podía apartar la vista en aquella persona que ni siquiera la había notado. Había algo en ella que no la dejaba pensar en otra cosa, ni siquiera en su suicidio. Entonces, se sentó en el borde, y se quedo mirando hacia el horizonte, pensativa. Y sin darse cuenta, cayó en un sueño.
La luz de un nuevo día la despertó, rápido se levanto para ver si aquella mujer que estaba la noche anterior seguía estando. No estaba. Se dirigió hacia su departamento, cansada de su patética actuación frente a su posible salida. Lloro durante largas horas, mirando el techo que parecía asfixiarle. Le dolía estar tan sola, ella no era hermosa, pero tampoco fea, pero igual nunca pudo encontrar un amor al menos, eso siempre le dolió, sentía que había perdido gran parte de su vida soñando despierta, olvidándose vivir. Su sueño era recurrente, era estar con su amor, con su príncipe azul…
La noche siguiente nuevamente lo intento, pero de igual manera fallo. Se acerco a la orilla y miro, como la gente feliz caminaba, como la gente se amaba, como la gente la ignoraba. Las lagrimas, cataratas en su rostro formaron.
Se fue sin darse cuenta que no estaba sola, alguien la observaba, Alguien se preguntaba ¿alguien intentará ayudarla?
Los días fueron pasando, y ella no podía dejarse llevar por la muerte. Fue cuando subiendo la escaleras se encontró con aquella mujer que estaba pensando en la terraza, su rostro era una mezcla de confusión, de sorpresa, y de extrañamiento. No se le cruzo por la mente saludarla, pues estaba harta de las personas. Pero esta mujer tenía algo que le llamaba la atención, antes ya la había visto, y siempre le resulto cautivadoramente rara. Aparto la mirada, pero no pudo sus ojos se movieron solos, y presenciaron el saludo que pronuncio con una sonrisa la mujer. Ella no hizo nada, ni devolver el saludo. Se sentía en verdad incomprensible, y se largo a correr hasta su departamento. Pensó que era una metiche, pero en el fondo sabía que no era así. Sabia lo sentía de verdad.
Y de hecho su vecina, se encontraba de igual manera que ella, en un estado de depresión y soledad mortal. Había intentado, también, suicidarse de muchas formas pero no pudo. Siempre algo la limitaba a seguir viva. Y esta vez era aquella mujer que veía todos los días, la quería ayudar, sabía lo que le pasaba, lo veía en su rostro, veía la máscara de la depresión. Sabía que podía ayudarla.
La vida de esta había transcurrido de igual manera, unas pocas palabras de amor en su vida, unas mentiras que lastimaron su humilde corazón. Eso era lo que las diferenciaba, una se había sentido amada muchas veces, y la otra nunca. Eran tan parecidas y tan distante que incluso en una sola vista sus recuerdos y vivencias habían sido trasmitidas.
Pero pasada la medianoche, la joven que había intentado suicidarse arrojándose, se dirigió, en un momento de crisis y nervios, a la azotea Su camino era la muerte, esta vez sí lo haría, se acerco a la orilla y justo cuando iba a hacerlo, una voz la detuvo, era una voz que como una ventisca la dejó totalmente fría. La había oído antes, era aquella mujer que la había saludado anteriormente. El silencio ayudo al ambiente frio y cada segundo parecía una eternidad.
Pero compartieron unas palabras, que rompieron el aisber en que frotaban, pero que no acompañaron sus latidos.
Casi al extremo del laberinto de lo chocante, sus ojos volvieron a juntarse de manera subconsciente, ese estremecimiento que sentían, se volvió más fuerte, y unas lágrimas sincronizadas por ambas recorrieron sus mejillas. Sabían por primera vez lo que les pasaba, se acercaron unos pasos más. Sus ojos parecían olvidar el tiempo, ya que no dejaban de verse, no se cerraban y no se movían, tal vez sentían el miedo, al igual de sus poseedoras, de perder aquel momento.
Y en el silencio se unieron y lloraron, por primera vez, se sentían consoladas por sus penas, por primera vez sintieron la cálida caricia del amor. Comprendieron lo que es amar.
Eran mujeres, que sufrieron por amor, eran mujeres que, incluso aprisionadas en la depresión, siguieron buscándolo. Pero se vieron resignadas a la soledad de una cama vacía, porque no había hombre que le sedujese el corazón, que le robe una emoción, y que la hagan sentir viva. No había príncipe azul.
Se olvidaron del dolor, de la muerte, de la gente, pero no de que eran mujeres, de que se amaron a primera vista, y de que de que su príncipe tan buscado, no era más que la mujer que tenían en sus brazos. Lloraron largamente. No eran sollozos de pena, eran de felicidad.
Pese a que su preconcepto de amor involucraba sexos opuestos, ellas no les importo besarse, acariciarse y amarse. Nunca pensaron que ese sentimiento tan extraño se encontraría en su misma vereda, nunca pensaron que harían el amor en una azotea, nunca pensaron que su antidepresivo era una mujer.
La mañana llego, y el sol las despertó en una cama, abrazadas una a la otra, con una sonrisa en sus rostros. Sabían lo que la otra pensaba, no había palabra que podría expresarlo mejor que sus rostros. Era amor de verdad. Y sus ojos lo decían todo, vivirían para siempre juntas, vivirían la posteridad en sus apasionados corazones.
Se levantaron, y salieron, caminaron agarraras de las manos, la gente las veía, a ellas no les importaba, su mundo era su amor. Se dirigieron a la azotea, donde pocas horas atrás habían caído en el romance sin siquiera decir una palabra. Y así fue que tampoco en ese momento necesitaron palabras ya que se vieron una a la otra. Se besaron. Se dijeron adiós. Se agarraron de la mano y se precipitaron como la lluvia hacia el vacio. No soltaron sus manos en ningún momento.
Juntas abrieron una puerta que se encontraba cerrada por un candado de prejuicios, y bloqueada por una barrera de depresión. Juntas abrieron la puerta del amor.





